El mundo occidental y las grandes urbes del tercer mundo, viven en otra realidad; un sucedáneo triste y perverso recubierto de asfalto y luces de neón.
Abandonando el mundo de los sentidos; incapaces de oler la fragancia de una flor, o sorprenderse con el canto de un ave o el bello colorido de una puesta de sol.
Pero esta sociedad hiperactiva es capaz de saber entre una multitud de sonidos metálicos cual es el de su teléfono móvil...o girar la cabeza al escuchar el sonido de una bolsa de patatas fritas.
Esa sutil diferencia es la que nos hace tan inmunes a nuestra amada Gaia, nuestra amada Tierra. Estamos dormidos, noqueados.
No es que seamos perversos con nuestro habitat, no, sólo que somos incapaces de sentirlo. Somos incapaces de escuchar el latido de nuestra Casa, nuestro propio latido.